sábado, 8 de enero de 2011

Tú, mi ocio:

Fácilmente hace dos semanas que no hablo contigo, si tuviera un poco más de valor o un poco menos de inseguridad te escribiría al menos un mensaje de texto. Si tuviera el pedazo de papel craf de tu primera encomienda de hace seis años te enviaría una carta. Que estúpidas rarezas en mis conceptos que una carta llegando a la puerta de tu casa me parezca menos invasiva que un simple, pequeño y conciso mensaje de texto. Pero es así, una carta llegaría elegantemente, tranquila y limpia, en cambio un mensaje seria delator. Lo último que pensé es en hacer las dos cosas, un mensaje para pedir tu dirección declarando que tengo un perfume nuevo que necesito que evalúes y unos días después la delicadeza de un sobrio pero perfecto sobre con una limpia escritura, el toque de insinuación se lo daría el perfume de violetas. El perfecto final para la apertura del sobre.
El plan tendrá que esperar a mañana, hoy ya es muy tarde.

Después:

Pasaron diez años desde la última vez que te vi, te extrañé, pensé en ti muchas veces durante mi recorrido por el mundo, pensé a ratos en que te habías muerto. 
Hasta escribí un cuento del momento de tu muerte, fue cursi y predecible, por supuesto que era una exageración, no tenía ninguna razón para pensarlo, pero era mejor pensarlo a nada.

En el peor momento de mi vida, cuando ya llevo un buen trecho del peor momento de mi vida, peleando sola y justo cuando estaba dándome por vencida y resignándome a ser infeliz por toda mi eternidad, cruzas una puerta cualquiera y por inercia, como cuando se abre cualquier puerta, miro y entras tú.


Claro que has cambiado, pero cuando ves el primer segundo de esa ojada de inercia solo es eso, una ojeada, una imagen que tu cerebro compara con las imágenes guardadas en tu cabeza por años y años y te encuentra en algún recuerdo similar para decirme en un microsegundo que eres tú, entrando por aquella puerta en la coincidencia de la inercia de la ojeada y la puerta abriéndose y tú entrando.
Como en el microsegundo de respuesta de mi cerebro volví la cabeza para darte la espalda en un acto reflejo, ya que casi siempre una situación como esta termina en un personaje sin importancia entrando a la habitación, me hice la tonta por un segundo, saludaste a alguien, lo escuché detrás mío, te escuche detrás mío pero no volteé. Esperé porque estaba parada en el umbral de la siguiente puerta que si o si debías cruzar. Me saludaste dudoso, pero dame un abrazo, te dije, total no te veía hace diez años.
Quizá pasen diez más.

Ese día hablamos por horas, como antes, hablaste durante horas, yo sólo quería escuchar. Sonreía y escuchaba.

Yo:

Gritando te pedía que explicaras por qué tenía que sufrir tanto, cansarme tanto, trabajar tanto mientras tú solo te sentabas en el sillón a tomar cerveza con tus amigos, hacías lo justo y necesario o lo que tu creías justo y necesario por nuestra relación. Tus respuestas eran vagas hasta que descubriste la respuesta más tonta y de alguna manera mas cierta que he escuchado.
-porque eres mujer- gritaste.

Cuando era niña las personas me veían pasar con mi madre y le decían "que lindo su hijito", esto básicamente ocurría por que mi madre, con muy poca paciencia, cortaba mis nudos del pelo para no tener que peinarlos, entonces, hasta que comencé a peinarme sola, lucía un precioso peinado "afro", igual a un niño, todo el tiempo.