Pasaron diez años desde la última vez que te vi, te extrañé, pensé en ti muchas veces durante mi recorrido por el mundo, pensé a ratos en que te habías muerto.
Hasta escribí un cuento del momento de tu muerte, fue cursi y predecible, por supuesto que era una exageración, no tenía ninguna razón para pensarlo, pero era mejor pensarlo a nada.En el peor momento de mi vida, cuando ya llevo un buen trecho del peor momento de mi vida, peleando sola y justo cuando estaba dándome por vencida y resignándome a ser infeliz por toda mi eternidad, cruzas una puerta cualquiera y por inercia, como cuando se abre cualquier puerta, miro y entras tú.
Claro que has cambiado, pero cuando ves el primer segundo de esa ojada de inercia solo es eso, una ojeada, una imagen que tu cerebro compara con las imágenes guardadas en tu cabeza por años y años y te encuentra en algún recuerdo similar para decirme en un microsegundo que eres tú, entrando por aquella puerta en la coincidencia de la inercia de la ojeada y la puerta abriéndose y tú entrando.
Como en el microsegundo de respuesta de mi cerebro volví la cabeza para darte la espalda en un acto reflejo, ya que casi siempre una situación como esta termina en un personaje sin importancia entrando a la habitación, me hice la tonta por un segundo, saludaste a alguien, lo escuché detrás mío, te escuche detrás mío pero no volteé. Esperé porque estaba parada en el umbral de la siguiente puerta que si o si debías cruzar. Me saludaste dudoso, pero dame un abrazo, te dije, total no te veía hace diez años.
Quizá pasen diez más.
Ese día hablamos por horas, como antes, hablaste durante horas, yo sólo quería escuchar. Sonreía y escuchaba.
Ese día hablamos por horas, como antes, hablaste durante horas, yo sólo quería escuchar. Sonreía y escuchaba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario